En 1950, el senador McCarthy destruía carreras con listas de comunistas que nunca existieron. Hoy, Abascal llama ladrón a Sánchez en X y Trump bautiza a sus rivales con apodos virales. No son fenómenos distintos: son el mismo método con distinto amplificador. Los tres precursores que escribieron el manual antes de que Trump lo convirtiera en franquicia global.
La política siempre fue agresiva. Pero esto es diferente.
Los enfrentamientos entre políticos son tan viejos como la propia política. Los romanos se insultaban en el Senado, los revolucionarios franceses se guillotinaban, los líderes del siglo XX se acusaban de traición. La violencia discursiva no nació ayer. Lo que sí es nuevo es su industrialización como estrategia electoral.
Ya no es el insulto que se escapa en un debate acalorado: es el apodo convertido en recurso de campaña, repetido y optimizado por equipos de comunicación hasta volverse etiqueta permanente. No es emoción. Es ingeniería. El mecanismo, documentado por lingüistas, es simple: una idea sin profundidad, un adjetivo negativo adherido al nombre del rival, repetición implacable, y que parezca gracioso. Aunque el votante no crea del todo la acusación, la asociación mental queda grabada. «Crooked Hillary» no necesitaba ser verdad para funcionar. Solo necesitaba circular.
«Usa un nivel cognitivo muy básico, que hasta un niño puede entender. Es un mensaje simple que llega a mucha gente.»
— Phillip Carter, lingüista de la Florida International University
Y lo más relevante: esta técnica no tiene ideología. La han usado la izquierda y la derecha, populistas del norte y del sur, demócratas y autócratas. Quien crea que es patrimonio de un bando concreto está mirando solo la mitad del mapa.
No fue Trump quien inventó esto. El laboratorio ya existía.
La narrativa popular sitúa a Donald Trump como el gran innovador del insulto político moderno. Es una narrativa que simplifica demasiado. Trump fue el catalizador global, el que lo elevó a escala planetaria gracias a Twitter y a la cobertura mediática compulsiva. Pero el laboratorio ya existía. Y tenía tres técnicos principales.
El primero operó en los años 50 en Estados Unidos. El segundo gobernó Venezuela desde 1999. El tercero dominó Italia desde los 80. Tres ideologías distintas. Tres contextos geográficos distintos. Un mismo método: la acusación no necesita ser verdad, solo necesita circular.
McCarthy inicia su «caza de brujas» en EEUU con una lista de supuestos comunistas infiltrados en el Departamento de Estado.
Berlusconi rompe los códigos de conducta política en la televisión italiana: el entretenimiento vende más que el argumento.
Chávez convierte el apodo y la descalificación en rutina del poder presidencial en Venezuela.
Trump lo convierte en modelo exportable a escala mundial gracias a las redes sociales.
Antes de seguir, una pregunta que pone a prueba el instinto: de Trump (2015), Chávez (1998) y McCarthy (1950), ¿cuál es el gran precedente moderno de la acusación política sin pruebas como estrategia sistemática? La respuesta correcta es la menos intuitiva: McCarthy. Llevaba 65 años escrito el manual que creemos reciente. Trump no lo inventó; lo escaló.
El alcance del insulto político en datos.
El fenómeno no es anecdótico. Tiene dimensiones medibles que lo distinguen de la mera crispación habitual.
El Digital News Report de España (2024) revela el contexto que hace tan efectiva esta estrategia: casi la mitad de la población se informa por redes, plataformas donde la literatura sugiere que el lenguaje ofensivo dispara respuestas emocionales intensas antes que deliberación racional.
Conviene un matiz para no exagerar: según estudios citados por la Universidad de Playa Ancha, en plataformas como X el contenido negativo —insultos, descalificaciones— supera ampliamente al positivo en difusión, lo que crea una percepción distorsionada de que el insulto domina todo el discurso político cuando, en realidad, representa un porcentaje menor del total de mensajes. Circula más, pero no es la mayoría. Esa amplificación selectiva es justo lo que el método explota.
McCarthy, Berlusconi, Chávez: el manual antes del manual.
Tres figuras construyeron, en contextos muy distintos y sin coordinación entre sí, la arquitectura discursiva que hoy reconocemos como estándar populista. Lo hicieron desde ideologías opuestas, con un éxito que validó el método para todos los que vinieron después.
Pronuncia su discurso en Wheeling afirmando tener una lista de comunistas infiltrados en el Departamento de Estado. El número varía: 205 en algunas versiones, 57 en otras. Las pruebas, ninguna.
Acusa sin pruebas a cientos de funcionarios, directores de Hollywood, académicos y militares. Su técnica: lanzar incriminaciones falsas que nunca se comprueban. Nadie se atreve a contradecirle por miedo a ser también señalado.
El abogado Joseph Welch le espeta en público: «Senador, ¿no tiene usted ningún sentido de la decencia?». El Senado lo censura con 67 votos. Su carrera se termina. Pero el método queda.
Introduce en Italia la política como espectáculo televisivo. El politólogo Oriol Bartomeus sitúa aquí la ruptura de los códigos de educación pública: la televisión es un ring, no un estrado.
Convierte el insulto en política de Estado. A Salas lo llama «Frijolito»; a Capriles, «Majunche» en actos oficiales, y lo acusa de nazi pese a ser descendiente de supervivientes del Holocausto.
«Crooked Hillary», «Sleepy Joe», «Little Marco», «Pocahontas». Los apodos se vuelven pieza estratégica central para fijar narrativas mediante repetición implacable.
Abascal llama «puto ladrón» a Sánchez en X (sept. 2024). Maduro llama «malparido» a Milei. Milei responde «imbécil» a Maduro. La técnica ha cruzado todos los océanos e ideologías.
Lo que une a los tres precursores no es la ideología —McCarthy ultraconservador, Chávez socialista revolucionario, Berlusconi liberal-populista— sino el descubrimiento de la misma verdad: en política, la acusación no necesita ser verdad. Solo necesita circular.
De Trump a Abascal: cómo el método se convirtió en franquicia.
Lo que Trump aportó que sus precursores no tenían fue la escala. McCarthy operaba en comités del Senado y cadenas de radio. Chávez, desde cadenas nacionales obligatorias. Berlusconi dominaba la televisión italiana. Trump tenía Twitter y una cobertura mediática global que amplificaba cada apodo hasta convertirlo en tendencia mundial.
El modelo original — Trump · EEUU → mundo
Apodo + repetición + viralidad en redes. Convierte al rival en personaje de ficción antes de debatir sus ideas. El resultado fue, sin proponérselo, un modelo exportable.
Los líderes populistas de todo el mundo observaron que la estrategia funcionaba y comenzaron a replicarla con adaptaciones locales. No hay evidencia de coordinación: es imitación por éxito demostrado. Abascal en España, Milei en Argentina, Bolsonaro en Brasil aplican la misma fórmula con el vocabulario y los enemigos culturales de cada país.
En España, el caso más visible es Santiago Abascal. Vox ha normalizado un registro que investigadores de la Universidad de Málaga describen como estrategia deliberada de polarización, con descalificaciones sistemáticas a rivales en el Congreso y en redes. Pero el fenómeno ya no es solo de Vox: el ministro Óscar Puente, del PSOE, gestiona su cuenta en X con el mismo criterio de impacto por provocación. El insulto ha cruzado también las fronteras ideológicas dentro de España.
El mecanismo que lo explica es la polarización afectiva: una vez que un lado usa el insulto con éxito electoral, el otro siente que no puede permitirse no hacerlo. Es una escalada simétrica que no necesita coordinación para producirse.
El mapa de intereses detrás del insulto institucionalizado.
Los políticos populistas · Ganan
El insulto moviliza a las bases más radicalizadas, genera titulares gratuitos y desvía la atención de propuestas concretas que podrían ser debatidas y criticadas. Sin coste electoral demostrado.
Los medios de comunicación · Ganan a corto, pierden a largo
El insulto genera tráfico, clics y audiencia. Pero amplificarlo sin contextualización convierte a los medios en altavoces involuntarios de la estrategia que dicen criticar.
El ciudadano medio · Pierde
El debate sobre políticas reales —sanidad, vivienda, empleo— queda eclipsado por la guerra de apodos. Parlamentarios veteranos reconocen no haber visto nunca un nivel de agresividad verbal como el actual en el Congreso.
La democracia como sistema · Pierde
Cuando el lenguaje normaliza al rival como «enemigo» en lugar de «adversario», se cruza una frontera semántica con consecuencias reales. El asalto al Capitolio de 2021 es el ejemplo más citado de adónde lleva esa lógica.
¿Y si el insulto político es simplemente... democrático?
Existe una defensa seria de este fenómeno que no debemos ignorar. El argumento más sólido es este: la política siempre ha sido combate, y el lenguaje directo —incluso duro— puede ser más honesto que la diplomacia evasiva que históricamente ha servido para encubrir corrupción e incompetencia.
Hay datos que respaldan esta lectura. Los estudios muestran que los políticos que usan un lenguaje más directo y coloquial generan mayor sensación de autenticidad entre votantes desconectados del sistema. Trump ganó en 2016 en parte porque su registro era radicalmente distinto al lenguaje tecnocrático de sus rivales. Berlusconi conectó con italianos que sentían que la política tradicional les hablaba desde arriba.
También existe el argumento de la simetría: si un lado ataca con insultos y el otro responde con diplomacia, el primero domina el ciclo mediático indefinidamente. Algunos asesores de comunicación defienden que responder en el mismo registro es la única forma efectiva de contrarrestarlo.
El límite del contraargumento, sin embargo, es la distinción entre lenguaje directo y acusación sin pruebas. Ser crudo no equivale a ser falso. El problema no es que Abascal llame ladrón a Sánchez con vehemencia; el problema es que lo haga como estrategia de comunicación con independencia de si existe una condena, un proceso o una prueba que lo respalde. Esa distinción —entre rigor y performance— es la que separa el debate duro del macartismo.
Y aquí está el dato más incómodo del análisis: el método no solo existe, funciona. Los analistas identifican una razón neurológica: el insulto activa emociones antes que el razonamiento. En un entorno de saturación informativa donde casi la mitad de los españoles se informa por redes, el mensaje más simple y visceral tiene ventaja estructural sobre el más matizado. La democracia tiene una vulnerabilidad de diseño: la libertad de expresión no distingue entre el argumento verificable y la acusación fabricada. Ambos compiten en el mismo espacio con las mismas reglas.
McCarthy fue censurado en 1954 y su nombre quedó como sinónimo de persecución injusta. Setenta años después, la lógica que él simboliza reaparece en parlamentos y campañas de democracias consolidadas. Berlusconi gobernó Italia cuatro veces. El chavismo sigue en el poder. Trump ganó en 2016 y 2024. Abascal dirige el tercer partido de España. Ningún sistema ha logrado frenar el método, porque penalizar al mensajero no desactiva la técnica.
La pregunta que queda no es si esto va a continuar. Es qué hace una democracia cuando su mayor fortaleza —la libertad de hablar— se convierte en el arma favorita de quienes quieren destruirla desde dentro.